In memoriam: Marcelino Legido. La alegría el nuevo éxodo

Autor: Pedro Ignacio Fraile Yécora, 24/07/2016.  Blog “Cuaderno de un Peregrino”

Hay personas que las llevamos inscritas en el corazón y no solo en el pensamiento. Cuando, en un momento de silencio interior, de reajustes y de puestas a punto, echamos la vista atrás, aparecen sin que se les llame. Una de esas personas es la del sacerdote salmantino Marcelino Legido. No puedo decir que hubiera sido amigo suyo, ¡vana e inútil pretensión!, pero sí puedo decir que hice en más de una ocasión ejercicios espirituales con él y que marcó mi vida. Eran los años ochenta cuando por todos los lugares de la geografía española se hablaba de un hombre menudo, muy humilde, muy listo; enjuto en su físico, enorme en su vida de cristiano.

Hablaba sonriendo. Hablaba de la Palabra de Dios, de toda la historia de la salvación. Movía la Biblia de arriba abajo, como quien relee un texto conocido, rezado, sabido por saboreado. Lo hacía con unción, con soltura, con profundidad y con lucidez de un creyente de una sola pieza.

Solo dos apuntes, rápidos, antes de que me falle la memoria del corazón. El primero, cuando en unos Ejercicios, hablándonos de los pobres (él no era un ideólogo, sino que era pobre porque amaba a los pobres y vivía con ellos), nos decía que hay tres ídolos que la sociedad adoraba: el ídolo del tener, del poder y del saber. Los pobres, decía él, no tienen nada; no pueden nada y no saben nada. Es verdad. Yo había reflexionado sobre las dos primeras pobrezas (no tener y no poder), pero no sobre la tercera: no saber. Hay personas que abusan de su dominio intelectual sobre los que no lo tienen: «yo sé más que tú», o «yo sé y tú no sabes». Es la vanidad y el orgullo intelectual que desprecia a los que no tienen acceso a la cultura circundante y dominante, aunque tengan su «saber vital», su «experiencia de vida». Marcelino era un brillante biblista, formado en Alemania, que dominaba las lenguas orientales, pero eligió vivir con los que no tenían «acceso a los libros» para aprender de ellos. No lo sé «a ciencia cierta»; esto lo tendrían que corroborar los que lo saben de primera mano. Yo oí en repetidas ocasiones que Marcelino fue enviado a Alemania para que obtuviera grados académicos y después incorporarse a la Pontificia Universidad de Salamanca. Él los obtuvo brillantemente, pero renunció a la cátedra universitaria para irse a vivir con los pobres a unas parroquias pequeñas. Se le conocía como «el cura de ‘El Cubo de don Sancho’», en Salamanca.

El segundo apunte que quiero traer a colación es el de la tensión entre el «primer y el segundo éxodo», distintos del «exilio». A él le encantaba la reflexión sobre estos dos momentos de la historia de la salvación expresada en la Biblia. El primer éxodo fue de liberación: el pueblo israelita salió de la esclavitud, y después de atravesar el desierto, llegó a la libertad. Experiencia deseada y loable; ¡hay que ser libres de todo tipo de opresiones, porque Dios no quiere que nadie sufra el peso de la opresión! Bien. Todos de acuerdo.

Pero, decía Marcelino, hay un segundo éxodo. El que tiene que hacer el pueblo de Israel exiliado en Babilonia para regresar a Jerusalén. Este segundo éxodo es mucho más difícil, porque supone pasar de una «aparente libertad», pues Israel gozaba de libertad de movimientos en los lugares donde fueron instalados por los babilonios, a adentrarse en el camino del desierto movido por una esperanza ¿no es mejor gozar de «pequeñas libertades», fragmentadas, confusas y parciales, aunque no seamos plenamente libres? En Babilonia el pueblo de Israel comía, y podía vivir en paz ¿por qué arriesgar la vida en el viaje de regreso de Jerusalén donde no sabemos si nos esperan o si nos van a rechazar? ¿No es mejor vivir sin arriesgar? ¿No es mejor disfrutar del ‘carpe diem’?

Marcelino, en los años 80, decía que la cristiandad europea occidental estaba en el exilio de Babilonia. Los nuevos profetas invitaban al pueblo a salir de esta «aparente libertad», de esta «tranquilidad que da el comer todos los días, el bienestar», para buscar la verdadera tierra. Marcelino decía que la Iglesia tenía que hacer este camino, de riesgo, de pobreza, de esperanza para regresar a su verdadera tierra… Él soñaba con esta nueva Iglesia en camino. Entre los apuntes que guardo con cariño en mi pequeña biblioteca, están los folios que copiábamos, nos repartíamos y leíamos con fruición; uno de estos «apuntes» llevan este título: «La alegría del Nuevo Éxodo».

Pero a la vez Marcelino no anunciaba un Dios tremendo y colérico, sino un Dios de «misericordia entrañable». Es curioso ver cómo muchos años antes de que el papa Francisco convocara al Año Jubilar de la Misericordia, en unos pueblos salmantinos, un sacerdote escribía sus páginas que cuando llegaron a ser libro las tituló: «Misericordia entrañable» (Salamanca 1988), para hablar de nuestro Dios.

Han pasado treinta años desde aquellos dolorosos, tensos, vibrantes y esperanzados «años ochenta», en los que la Iglesia española disfrutaba de sacerdotes valientes y profundamente creyentes, que vivían con los pobres, no que «hablaban de los pobres».

La semana pasada moría Carmen Hernández, cofundadora de las Comunidades Neocatecumenales, con ochenta y cinco años, que ha sido sin duda un referente para miles de personas de todo el mundo en su proceso de fe. En este año han muerto Senén Vidal, Gonzalo Aranda y Felipe Fernández Ramos, biblistas españoles de ciencia probada, de peso eclesial y de fe sincera. Hace un mes se nos moría en Zaragoza, de accidente, Carmen Cañada, Carmelita Teresiana, referencia para la vida espiritual de los cristianos de Zaragoza y de muchas partes de España. Hoy se nos ha muerto un profeta, Marcelino Legido, que tanto bien hizo a cientos de sacerdotes y seminaristas de nuestra tierra.

¿Dónde están los referentes hoy de nuestras Iglesias? ¿Quién pone luz cuando necesitamos faros que nos ayuden a caminar como «cristianos de a pie» en este complicado siglo XXI, que ha nacido con un laicismo militante sibilino y una violencia fundamentalista mortífera global nunca vista antes?

Marcelino, amigo, no estás muerto. Como creyentes sabemos que estás dormido, esperando el abrazo con el Dios de la «misericordia entrañable» que vivías y enseñabas. Tú has recorrido tu camino de «nuevo éxodo». Tú estás celebrando ya la Pascua. Esa Pascua que cantabas y comentabas emocionado en tus Ejercicios Espirituales, cuando comentabas el amor del Padre que nos ha entregado al Hijo. Misterio que solo en la fe se percibe y se descubre. Gracias maestro creyente, pastor humilde, pobre entre los pobres. Desde el corazón de Dios, ruega por nosotros.